Opinión sobre el reglamento

Bajar la vara no prepara a nadie para el mundo

Si el objetivo es que más estudiantes «pasen», hay dos caminos completamente distintos. Uno es bajar los requisitos para que cueste menos llegar. El otro es invertir en que a los estudiantes les resulte más fácil llegar, sin bajar la meta: reforzar la enseñanza de inglés, ofrecer tutorías, dar más prácticas, actualizar contenidos, visibilizar y aprovechar convenios de intercambio.

El primer camino es más rápido y más cómodo de votar en una sesión de consejo. El segundo es el único que realmente sirve al estudiante cuando sale de la facultad y se enfrenta a un mundo donde las competencias académicas, el criterio y la estrategia son los que realmente definen el norte del desarrollo general.

¿Para qué educamos? Una reflexión más allá del reglamento

Estas últimas semanas se discutieron en diferentes mesas de la FPUNA un ajuste al Reglamento Académico de la Facultad Politécnica. Se habló de porcentajes: si la asistencia mínima debe ser 70% o 50%, si el promedio para recuperar un parcial debe ser 60% o 70%. Son debates necesarios. Pero me quedé pensando en una pregunta más de fondo, que los números por sí solos no responden: ¿qué estamos preparando a nuestros estudiantes para hacer?

Una educación exigente es una educación que abre puertas

Entiendo la tentación de pensar que bajar requisitos es una forma de inclusión: que cueste menos pasar para que menos estudiantes se queden en el camino. Pero la inclusión real no es bajar la meta, es dar las herramientas para alcanzarla. Un estudiante que egresa con menos exigencia no está más incluido en el mundo profesional: está menos preparado para competir en él, para rendir un examen internacional, para acceder a una beca, para trabajar en una empresa con oficinas en otro país.

Si de verdad queremos que nuestros egresados tengan las mismas oportunidades que los de cualquier universidad del exterior, la conversación no puede ser solo «¿cuánto bajamos la exigencia para que pasen más?». Tiene que ser «¿qué le damos a cada estudiante para que le vaya bien con la exigencia que ya tenemos, y con la que el mundo real le va a pedir después?».

Lo digo con todas las letras, aunque sé que a algunos les va a incomodar: prefiero un egresado que cursó cinco años con 100% de asistencia, que termina con un TOEFL en la mano y capacidad real de competir en el extranjero, antes que un «eterno estudiante» que arrastra materias año tras año con el mínimo de 50% de asistencia, cuyo único objetivo es conseguir una salida laboral rápida. No son la misma aspiración, y el reglamento no debería tratarlas como si lo fueran.

«Es que la situación económica no da para exigir tanto»

Ya me dijeron, y con razón, que esta comparación no siempre refleja la realidad de nuestros estudiantes: muchos trabajan, no llegan a un 70% ni a un 100% de asistencia porque necesitan sostenerse económicamente, y no porque no les importe la carrera. Entiendo y comparto esa preocupación. Pero la respuesta a un problema económico no puede ser bajar la calidad académica; tiene que ser atacar el problema económico. Si el obstáculo es económico, reduzcamos costos. Peleemos más becas, más ayudas, más convenios de apoyo. Eso es defender al estudiante que la está pasando mal. Bajar el estándar de asistencia no lo defiende: solo baja la vara para todos, incluidos quienes sí pueden cumplirla y no deberían tener que conformarse con menos.

Otro ejemplo que conviene mirar: el solapamiento de horarios

El reglamento anterior no permitía ningún solapamiento entre los horarios de clase de las materias en que un estudiante se inscribía. Los estudiantes pidieron flexibilizarlo, permitiendo hasta 30 minutos (o más) de superposición, con un argumento válido: la mayoría trabaja y ya está acostumbrada a lidiar con el solapamiento, así que al menos les permitiría seguir avanzando en la carrera.

La mesa técnica de trabajo, que analizó el pedido en detalle, recomendó mantener el artículo sin ajustes, considerando la calidad de la formación. Comparto ese criterio sin matices: mi posición es que no debería ser posible cursar dos materias al mismo tiempo, ni siquiera con una tolerancia de minutos. No es un detalle menor. Cuando una clase empieza antes de que termine la otra, alguna de las dos siempre se resiente —el estudiante llega tarde, se va antes, o directamente falta— y esa pérdida, multiplicada durante todo un semestre, tiene un costo real en la formación. Lo traigo como ejemplo porque resume bien la lógica que me parece correcta: hay límites que existen justamente para proteger la calidad, y sostenerlos —aunque resulten incómodos en el día a día de algunos estudiantes— no es rigidez, es coherencia con lo que la propia facultad quiere ofrecer. Ese mismo criterio es el que propongo aplicar en el debate sobre la asistencia mínima.

Propuesta

Mi propuesta concreta es esta: mantener el porcentaje de asistencia tal como está, no permitir ningún solapamiento entre materias, y poner la energía en reforzar el contenido de nuestra facultad para mejorar el entregable que le damos al mercado laboral.

A esto sumo un principio que me parece que debe guiar cualquier decisión sobre este reglamento: la calidad educativa no puede verse afectada por desigualdades de género, ni por ninguna otra circunstancia particular de un grupo de estudiantes. Los estándares académicos tienen que ser los mismos para todos, y la respuesta a cualquier desigualdad —de género, económica o de otro tipo— tiene que construirse con políticas de apoyo específicas, nunca bajando la exigencia general. Por encima de cualquier reclamo sectorial, tiene que primar la institución: es la Facultad, como conjunto, la que debe salir fortalecida de esta reforma, no un grupo particular a costa de otro. No se trata de exigir más por exigir, sino de dirigir el esfuerzo hacia donde realmente construye valor: mejores contenidos, más inglés técnico, más prácticas, más vínculo con el mundo real, en lugar de gastar esa misma energía en discutir cuánto bajar un requisito.

Además de sostener los porcentajes del reglamento, creo que este es el momento de poner sobre la mesa una discusión más ambiciosa: reforzar la enseñanza de inglés técnico desde los primeros años de la carrera, incorporar la posibilidad de rendir exámenes internacionales como parte de la formación, y ampliar los convenios de intercambio para que sean una meta alcanzable y no una excepción para unos pocos.

Preparar a un estudiante para un TOEFL o para un intercambio le exige mucho más que cumplir con un porcentaje de asistencia. Pero también le da mucho más: le abre puertas que un reglamento más permisivo nunca le va a abrir. Ese debería ser el estándar que discutamos con la misma energía que le ponemos a discutir un punto porcentual de asistencia.

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